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Clases para mi, maestro

Durante toda mi vida de estudiante, regresar, volver, repetir, entrar, ingresar o, empezar un ciclo escolar, siempre me dio una terrible y espeluznante güeva; y más aún, después de haber estado de holgazán, vacacionando durante un par de meses.

Ya me imagino a los estudiantes de ahora, que ven a la escuela como un tormento, un castigo y una terrible obligación.

Sé muy bien cómo les cuesta hacerse a la idea de que ya no podrán estar todo el día en pijama, sin bañarse, que les chille la ardilla, que anden por la vida oliendo a cebollita recién picada, viendo porno, o en el mejor de los casos, NETFLIX, (en mis tiempos, el porno era ver a mis vecinas por la ventana mientras se bañaban, y NETFLIX, era chutarme todas las películas de los domingos por el canal 5); imagino el sufrimiento de los chamacos por tener que dejar abandonadas a sus criaturitas, a sus pequeños bebes, sus pequeñines del Pokémon GO, ¿Quién les alimentará?, ¿Quien les hará evolucionar?, ¿Cómo recogerán todo lo de las pokeparadas que aún tienen por descubrir?, ¿Cómo podrán tomar revancha de la madrina que les puso ese entrenador pokémon en el gimnasio que está a la vuelta del mercado? ¿Cómo dejarán ahí nomas tirados y sin eclosionar todos sus huevos?, sí, sus huevos… ¿y la güeva?, esa es aún más difícil dejarla ir; uno se acostumbra a ella y aprende a amarla con pasión.

Es bien pinshi duro dejar todo eso y de nuevo verse montados en la cruda… sí, en la cruda y cruel realidad.

Abandonar ese sueño de verano de convertirte en el maestro Pokémon más chingón y legendario del barrio, todo eso para volver con esa banda de maleantes, peores que el Equipo Rocket, que dicen ser tus maestros de la escuela.

Como ese mondrigo que te enseña matemáticas, al que le encanta verte sufrir y por más que te esfuerces, siempre terminará reprobándote, no porque tú seas un huevón de primera, que no hace tareas, no participa en clases y deja en blanco los exámenes; no, él lo hace todo porque es un maldito y disfruta hasta el éxtasis el verte llorar, chillar y rogarle por un seis que te salve de una descomunal cagada de tus jefes. Esos villanos no descansarán en hacerte la vida infeliz; no pararán hasta verte salir graduado (con o sin honores, la verdad eso les vale madres), verte vestido de toga y birrete; verte llorando y abrazando a tus compañeros porque ya no se volverán a ver… y todas esas cursilerías que se hacen en las graduaciones... es ahí cuando descansan, pero solo por un tiempo, pues se viene una parvada de almas nuevas a las cuales les harán sufrir igual o más que a ti.

Las modas cambiarán, la tecnología evolucionará, los maestros se volverán mas ogetes.

Pero lo que jamás cambiará será el amor a la güeva, a la flojera, a andar con los mismos calzones toda una semana; el amor a no pararte de la cama, hasta que ya no aguantas el hambre o las ganas de miar… Esos sentimientos los aprenden a manejar muy bien todos los aspirantes a maestros pókemon al finalizar el verano, el último día de vacaciones, cuando te dicen “orale cabrón, agarra todas tus pokebolas, guarda tus pokemones y a dormir, que ya mañana vas a la escuela”; con una lágrima rodando en la mejilla gritas “Pikachu, regresa…” tomas tu pokebola y te preparas para la gran batalla que te espera en el gimnasio de la vida.

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